Comentario Bíblico Adventista Tomo 2

aceptar la dirección.

24.

Yo he pecado.

Antes de que Samuel anunciara que Dios había rechazado a Saúl como rey (vers. 23), éste defendió firmemente su proceder. Tan sólo cuando se pronunció la sentencia y se dio a conocer el castigo, estuvo dispuesto a admitir que se había apartado de la orden divina. Saúl no demostró la prueba de una vida transformada que acompaña a "la tristeza que es según Dios"; la suya fue "la tristeza del mundo" (2 Cor. 7: 9-11). No fue el sincero deseo de hacer lo correcto lo que lo movió a esa admisión, sino el temor de perder el derecho a su reino. Sólo cuando se vio frente a esa perspectiva, fingió arrepentimiento con el propósito de salvar su puesto de rey, de ser eso posible. La alabanza 527 humana significaba más para él que la aprobación divina.

Perdona, pues, ahora mi pecado.

Cuán diferente fue este pedido del que presentaron los israelitas en Mizpa cuando clamaron:

"Contra Jehová hemos pecado... No ceses de clamar por nosotros a Jehová" (cap. 7: 6-8). El pecado de Saúl ¿fue contra Samuel o contra el Señor? ¿Estaba tan preocupado por el cambio de corazón que necesitaba como estaba de perder su prestigio ante el pueblo, ante la posibilidad de que perdiera el reino? Sus acciones futuras debían revelar claramente la verdadera razón de su conducta.

26.

No volveré.

Samuel, creyendo que Dios había rechazado a Saúl, al principio rehusó rendir culto a Dios con el rey. Humanamente hablando, no tenía nada que hacer con un hombre que apreciaba tan poco lo que Dios había hecho por él. La actitud de Samuel era sencillamente un reflejo de la actitud de Dios. Si el Señor no quería tener más trato con Saúl (ver cap. 28: 6), Samuel -como representante de Dios- tampoco podía tenerlo (cap. 15: 35), para que una relación tal no fuera interpretada como una evidencia de la aprobación divina.

28.

Lo ha dado.

Dios se refería al ungimiento de David y a su coronación, aunque estaban todavía en el futuro, como si ya se hubieran realizado. Saúl se había descalificado irreparablemente para servir como rey, y la decisión de Dios acerca de él era irrevocable. En la voluntad y en el propósito de Dios el reino ya había sido dado a otro. Nada que hiciera Saúl, como ofrecer un culto (vers. 30), cambiaría la sentencia. Ni la oración la cambiaría (ver Jer. 7: 16; 11: 14; 14: 11; PP 682). Con toda seguridad, el rechazo de Saúl como rey no implicaba necesariamente que había terminado su tiempo de gracia y que el Señor rehusaría aceptarlo como individuo.

Todavía podía arrepentirse personalmente y convertirse. Si en ese tiempo Saúl hubiese estado dispuesto a renunciar al trono y a vivir de allí en adelante una vida privada, podría haber hallado la salvación; pero era evidente que no podía desempeñarse en el cargo de rey en armonía con la voluntad divina.

Mejor que tú.

De acuerdo con lo registrado, la única falta de Saúl hasta ese tiempo fue la que cometió en