Verdadero aconseja a los laodicenses que usen "colirio" espiritual para que vean (Apoc. 3: 18) su verdadera condición, para que puedan distinguir entre la verdad y el error, para que sepan distinguir las artimañas de Satanás y las eviten, para que sean capaces de detectar el pecado y aborrecerlo, y para que puedan ver la verdad y obedecerla (2JT 74, 75). De lo contrario, como los judíos del tiempo de Cristo, será evidente que aceptan como doctrina los mandamientos de los hombres (ver Mat. 15: 9).
He traído a Agag.
¡Cuán absurdo aunque verdadero! Saúl presenta su acto supremo de desobediencia como una prueba de haber cumplido plena y completamente con la orden de Dios recibida mediante el profeta Samuel. En su estado de ceguera espiritual confundió lo erróneo con lo correcto, y se sintió agraviado porque Samuel no reconocía lo que él consideraba -y en cierto sentido lo era- una victoria muy grande (ver PP 681).
c 1 Samuel 15:21
21.
Las primicias del anatema.
"Lo mejor del anatema" (BJ). De la palabra hebrea jérem, "las cosas consagradas", "las cosas dedicadas", "las cosas malditas" o "cosas consagradas a la destrucción". Jérem se deriva del verbo jaram, "prohibir para el uso común", "consagrar para Dios", "extirpar". Acán se apropió para su uso personal "del anatema [jérem]" (Jos. 7: 1, 11, 13, 15; cf. cap. 6: 17, 18), lo que incluía plata y oro (Jos. 7: 21) reservados para el servicio del santuario (Jos. 6: 19). El hecho de que una persona o cosa fuera "maldita" o "dedicada" no significaba necesariamente que debía ser destruida; sino tan sólo que debía empleársela precisamente en la forma en que Dios indicara. En contraste con la plata y el oro, todo lo demás que había en la ciudad debía ser destruido completamente (Jos. 6: 21). Sin embargo, esas cosas también eran "anatema": "malditas" o reservadas "a Jehová" (Jos. 6: 17). La misma palabra hebrea jérem también designa las ofrendas "dedicadas" para uso sagrado (ver Lev. 27: 21, 28, 29; Núm. 18: 14; etc.).
La afirmación de Saúl acerca de "las primicias del anatema", o literalmente "las cosas dedicadas", cobra un nuevo significado a la luz del uso dado en la Biblia a la palabra hebrea así traducida. Samuel había instruido a Saúl para que "destruyera [jaram]" a los amalecitas y todas sus posesiones, que los matara. No sólo estaban "dedicados", sino "dedicados para la destrucción". Es evidente que Saúl razonó que tenía el privilegio de decidir cómo había de realizarse la orden divina.
Sin duda Saúl expresó la verdad cuando dijo que "el pueblo" quiso salvar lo mejor de los rebaños y de las manadas. No se les permitía que tomaran para sí los rebaños y las manadas de los amalecitas. Pero podían enriquecerse empleando los animales de los amalecitas en lugar de los propios que de otra manera habrían tenido que sacrificar (PP 681).
Sencillamente Saúl aprobó la sugestión tal como le llegó, y así se apropió del derecho de interpretar la orden del Señor en la forma que vio conveniente. Por su parte, Saúl no tenía interés en el ganado; tenía suficientes animales y hasta le sobraban. Pero si volvía con un rey vencido -de acuerdo con la costumbre de sus días- podría presentar delante de todo Israel una evidencia tangible de su proeza militar y se incrementaría mucho su prestigio. Sin duda Saúl tenía el plan de ejecutar en público a Agag después de presentarlo al pueblo como una muestra de su habilidad 526 como guerrero. Pero Samuel, instruido por Dios, realizó él mismo la ejecución y privó a Saúl de la exhibición prevista.
Probablemente Saúl razonó que obedecería la orden de Dios tanto respecto al ganado como al rey, y al mismo tiempo aumentaría la riqueza de sus súbditos y su propio renombre.
Cumpliría a su manera con la voluntad de Dios. Finalmente, serían muertos tanto el rey como