Comentario Bíblico Adventista Tomo 2

para impartir a Saúl la habilidad necesaria para cumplir sus nuevas responsabilidades. ¡Qué pensamientos deben haber pasado por la mente de Saúl ese día, cuando se cumplieron un incidente tras otro tal como Samuel lo había predicho! (vers. 2-7).

Dios estaba listo para transformar la visión, la ambición y las aspiraciones de Saúl en tal forma, que las cosas de Dios llegaran a ser para él el propósito supremo de la vida. Siglos más tarde, dijo un profeta: "Quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne" (Eze. 11: 19). Saúl había interrogado a Dios por medio de Samuel en un esfuerzo para orientarse entre las perplejidades personales. Dios respondió primero su ruego en procura de orientación personal, y luego lo invitó a aceptar su dirección en asuntos que afectaban el bienestar de toda la nación. Así también es hoy día: Dios toma a hombres donde los encuentra y los invita a cumplir el glorioso plan divino para su vida.

c 1 Samuel 10:11

11.

¿Saúl también entre los profetas?

Esto le parecía increíble al pueblo. Indudablemente, la vida de Saúl antes de ese momento no podía haberse considerado como un modelo de piedad. Era poco menos que un milagro que se hubiera convertido en profeta aunque, es cierto, no en el sentido de haber sido llamado al oficio profético. Pero he aquí que estaba ensalzando la majestad y el poder de Dios y expresándose en forma inspirada en cuanto a verdades sagradas. Guardaba un secreto que le debe haber sido difícil mantener, y las confirmatorias pruebas recientes de la gracia y providencia divinas lo conmovían hasta lo más íntimo del alma. Sus emociones reprimidas estallaron ante la evidencia de que las palabras de Samuel se habían cumplido ciertamente: él se había "mudado en otro hombre" (vers. 6). Su experiencia también testificó de que Dios puede transformar a los hombres menos promisorios en instrumentos que le serán útiles. Además, en el caso de Saúl, este notable cambio llamaría la atención del pueblo y ganaría su confianza a fin de prepararlo para seguir a su caudillo.

Con frecuencia el proceder de Dios no concuerda con los planes humanos. Era increíble -así pensaron los judíos- que los discípulos hablaran en idiomas extranjeros en el día de Pentecostés. A nosotros nos parece imprudente que Cristo, conociendo el carácter de Judas, lo hubiera convertido en el tesorero de los discípulos (Juan 12: 6). A Naamán le parecía absurdo que las turbias aguas del Jordán poseyeran más poder curativo que los límpidos arroyos de Damasco (2 Rey. 5: 12). La cruz de Cristo fue despreciada por los griegos como un medio sumamente desdeñable para la salvación del mundo (1 Cor. 1: 18-24). Según el modo moderno de pensar, quizá parezca injusto que el Señor ordenara a Abimelec que devolviera a Sara a su esposo y pidiera las oraciones de éste, cuando la había tomado con limpia conciencia (Gén. 20: 5). A Juan el Bautista le parecía indebido bautizar al Hijo de Dios (Mat. 3: 13-15). Simón pensó que no condecía con la jerarquía de Jesús el que éste permitiera que María le ungiera los pies, si sabía qué clase de mujer era (Luc. 7: 37-40). Sin embargo, todas estas contradicciones aparentes quedan resueltas cuando se toman en cuenta la obra y el poder del Espíritu Santo.

Las escuelas proféticas, administradas por Samuel, fueron organizadas para que la juventud pudiera educarse en las verdades de Dios. Se estudiaba cabalmente la historia, se dedicaba mucho tiempo para memorizar las Escrituras, orar y aprender cantos sagrados. En lugar de las expresiones poéticas referentes a Baal -el dios de las tormentas- Israel fue instruido en las maravillosas obras del Señor, y su alabanza fue expresada en cantos. A medida que la contemplación de las misericordias de Dios traía gozo y paz al corazón atribulado de los israelitas, su rostro resplandecía reflejando la iluminación interna del Espíritu Santo.