Nahas rey de los hijos de Amón venía contra vosotros, me dijisteis: No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey". Josefo confirma la opinión de que durante un tiempo Nahas había estado afligiendo a los judíos que estaban más allá del Jordán, reduciendo sus ciudades a la esclavitud y sacando el ojo derecho de sus cautivos para que quedaran inutilizados para futuras guerras (Antigüedades vi. 5. 1).
Descubrimientos arqueológicos efectuados tanto en Palestina como en Jordania también hacen resaltar que en el siglo anterior todas las naciones de ese distrito habían comenzado a fortificar sus ciudades, y se disponían para resistir a las hordas migratorias de los pueblos del mar de la región del Egeo (ver pág. 35), que avanzaban contra Egipto tanto por tierra como por mar. Parte de la ola migratoria cruzó el Asia Menor, destruyó a los hititas y siguió en su marcha asoladora hacia el sur, por Siria y Palestina rumbo a Egipto. Derrotados por el faraón Ramsés III, algunos se establecieron en la planicie filistea. Otras naciones observaban el horizonte político con temor y temblor, y no resultó extraño que los dirigentes de Israel se preocuparan muchísimo por la política nacional y la conducción del pueblo.
Dios procuraba demostrar que sólo había un método para hacer frente a los problemas internacionales, pero Israel no veía otro sino imitar a las naciones que lo rodeaban. Durante siglos los israelitas habían sido seminómadas; vivían mayormente en tiendas; no habían podido expulsar de sus ciudades a los habitantes autóctonos de Canaán (Juec. 1: 27-36). Sin embargo, en el período comprendido entre 1200 y 1050 AC se establecieron cada vez más en ciudades. Ahora bien, yendo en contra de la voluntad divina, los israelitas sólo tenían el propósito de consolidar su gobierno 486 y de fortificarse contra los cananeos.
Años antes los amonitas acusaron a Israel de haberles quitado su patrimonio (Juec. 11: 13-27). Eso había sido en los días de Jefté, cuando terminó la opresión amonita que había durado 18 años. Ahora los amonitas, por segunda vez, procuraban recuperar este territorio arrebatándolo de Israel.
c 1 Samuel 8:6
6.
Samuel oró.
Otra vez Israel hizo precisamente lo que había hecho durante siglos: procedió sin esperar la conducción divina. Aunque había sido amonestado a no dejarse arrastrar por la idolatría, prefirió seguir los caminos de las naciones que lo rodeaban antes que seguir las instrucciones del Señor. Moisés había predicho que llegaría el tiempo cuando Israel iba a pedir un rey a fin de ser como las naciones circunvecinas (Deut. 17: 14), y ahora los israelitas cumplían literalmente esa profecía. Aunque los ancianos probablemente sólo eran movidos por motivos políticos, Samuel les mostró el camino mejor: buscar al Señor en oración. Habían subestimado sus excelsos privilegios religiosos, y no se habían dado cuenta de que la verdadera necesidad de la nación no era un poder nuevo sino una organización permanente de la teocracia para hacer frente a la confusión que resultaba de su propia impaciencia y perversidad.
No estaban dispuestos a someter el caso a Dios para conocer su voluntad, y Samuel empleó su prerrogativa oficial para insistir en que esperaran la decisión tan importante de Dios, quien siempre había estado listo a liberarlos en momentos de perplejidad. Samuel debe haber estado profundamente herido por ese pedido de parte del pueblo. Sin embargo, a igual que en ocasiones más agradables, se puso a disposición de los israelitas como profeta, a pesar de que la pregunta era lesiva para él. Su proceder parece haber sido muy semejante al de Cristo, siglos más tarde, cuando clamó: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23: 34), y el de Juan cuando dijo acerca de Cristo: "Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe" (Juan 3: 30).