c 1 Samuel 3:3-10
se describen simbólicamente acontecimientos futuros. También usa la palabra jazon en cap. 8: 1. Pero cuando Daniel se turbó en cuanto al significado de la visión y fue a la orilla del río, allí vio al ángel Gabriel, a quien se le ordenó: "Enseña a éste la visión [mar'ah]". Pero Gabriel, después de alentar al profeta, le dijo: "Entiende, hijo del hombre, porque la visión [jazon] es para el tiempo del fin" (Dan. 8: 16, 17).
La impresión que el visitante celestial hizo en Samuel fue tan real, que él se refirió a ella en 1 Sam. 3: 15 como a una mar'ah. Por lo tanto, la declaración del vers. 1 no implica que el Señor no estuviera dispuesto a guiar a su pueblo. Sin embargo, es evidente que entonces las percepciones espirituales e intelectuales de Israel habían decaído mucho.
3.
Antes que la lámpara.
Nunca debía apagarse el candelero de oro de siete brazos, colocado en el lado sur del lugar santo (ver com. Exo. 27: 20, 21). Las lámparas estaban llenas con el mejor aceite de oliva -símbolo del Espíritu Santo- y el sumo sacerdote "alistaba" las lámparas a la mañana y a la noche, cuando colocaba el incienso sobre el altar delante del velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo (ver com. Exo. 30: 7, 8). Así como el brillo de esas lámparas alumbraba en la oscuridad de la noche, también Cristo ilumina este mundo tenebroso, proyectando siempre la gloria de su amor y sacrificio en las tinieblas del corazón humano (ver Juan 1: 4, 5, 9). ¡Cuánto gozo se experimenta al aceptar con sinceridad esta luz celestial!
Así como el candelero daba luz en el santuario de la antigüedad, el Espíritu Santo ilumina espiritualmente a los hombres para que puedan percibir con claridad el plan de salvación.
Pero sin la luz interior que ilumina el alma, la luz literal tendría muy poco valor. La letra del ritual del santuario nada significaría si no estuviese allí el espíritu (ver Isa. 1: 11, 13, 15, 16).
Aunque tanto los dirigentes como el pueblo imitaban a las naciones idólatras que los rodeaban, aquí y allá había almas humildes -tales como Elcana y su casa- que preservaban la visión espiritual que tanto se necesitaba.
8.
Jehová llamaba.
Cuando Samuel se presentó ante Elí por tercera vez, el anciano sacerdote comprendió que era Dios el que hablaba. El hecho de que Dios lo pasara por alto para comunicarse con un jovencito fácilmente podría haberle despertado celos profesionales. Sin embargo, recordando el mensaje que había recibido años atrás del varón de Dios, Elí, al advertir que el mensaje era para él, pudo haber razonado que el Señor debería habérselo revelado directamente. Es admirable la honradez de Elí al tratar con Samuel en esas condiciones.
Comprendiendo quizá por primera vez que Dios estaba preparando a otro para que ocupara su cargo, no sintió rencor; por el contrario, hizo todo lo que pudo a fin de preparar a Samuel para su importante misión, dando al muchacho el mejor consejo de que disponía. Samuel recibió la instrucción de que pensara en sí mismo como el siervo del Señor, listo para oír el consejo divino y para obedecerlo. ¡Qué lección hay en la experiencia de Elí para quienes temen no recibir la honra que demanda su cargo, y de que las manos de otros ocupen el 467 lugar de las suyas en las tareas propias de ese cargo!