Puesto que era una experiencia nueva para el joven Samuel, bondadosamente el Señor manifestó su presencia en alguna forma definida que no se describe con detalles. Antes de que se pronunciara una palabra, tanto el anciano sacerdote como su joven ayudante comprobaron ampliamente que allí estaba la presencia de un poder sobrenatural y, como niños instruidos por sus padres, ambos fueron inducidos por el Espíritu Santo a estar dispuestos a escuchar y a obedecer. ¡Eso no habría sucedido si el mensaje del Señor se hubiera dirigido a un hombre como Ofni! Por ejemplo, ¡cuán diferente fue la recepción del reproche de Dios por parte de Saúl y de David! Saúl abundó en censuras, disculpas y justificación propia (cap. 15: 16-31), pero David - debido a muchos años de entrega al Señor- no se disculpó por su pecado; sólo procuró tener un corazón limpio y un espíritu recto (2 Sam. 12: 1-14; cf. Sal. 51: 10; 103: 12).
Bien puede hacerse la pregunta: ¿Por qué no habló el Señor directamente a Elí? Este parece haber sido un hombre sincero y humilde que deseaba paz y rectitud por encima de todo lo demás. Por lo tanto, ¿para qué hacer intervenir a Samuel? Pero Dios ya no se comunicaba más con Elí ni con sus hijos (PP 629).
c 1 Samuel 3:11-15
11.
Haré yo.
Samuel vivió durante años en un mal ambiente, y no podía menos que ver la diferencia entre las instrucciones dadas en los rollos de la ley y la vida de los jóvenes sacerdotes con quienes se había relacionado íntimamente. Si les hubiera preguntado a ellos, tan sólo habría recibido airados desdenes. Sus padres no estaban presentes para darle consejos, y vacilaba en recurrir al mismo Elí. Mientras meditaba en este asunto, pudo haberle venido la misma pregunta que acude a la mente de un joven piadoso de hoy día: Si la Palabra de Dios establece ciertos principios para realizar la obra divina, y los dirigentes no sólo no siguen esas instrucciones sino que son culpables de graves faltas, ¿por qué les permite Dios que sigan ministrando en su cargo santo?
La semilla sembrada no rinde inmediatamente una cosecha porque se necesita tiempo para que el fruto llegue a su madurez. El proceso del desarrollo del carácter requiere tiempo: un tiempo de gracia. Tal fue el caso de Ofni y Finees; así también es hoy día. Finalmente Dios reduce a la nada a los que desafían sus estatutos (Sal. 119: 118). Del mismo modo en que Cristo permitió que Judas ocupara un puesto en que tuviera la oportunidad de lograr éxito, también Dios permitió que Ofni y su hermano fueran colocados en un puesto desde el cual, confiando en él, pudieran llegar a ser ministros aceptables del pacto. Pero, al igual que Judas, los hijos de Elí no se entregaron a la conducción divina. Permitiendo que se enseñoreara el yo, impidieron que Dios les impartiera la preparación necesaria. Dios sabía lo que iba a suceder si continuaban con su conducta perversa, y con amor y tolerancia les advirtió cuál sería el resultado. Sin embargo, tal como Judas, hicieron lo que les plugo tan sólo para comprender finalmente la verdad expresada por Pablo siglos más tarde: "El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción"(Gál. 6: 8). En su propia experiencia, Samuel comprobó la admonición de Pablo: "No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos"(Gál. 6: 9).
15.
Samuel temía.
En este mundo de pecado, nunca es fácil ser portavoz del Señor. Elías arriesgó la vida cuando advirtió a Acab del hambre que sobrevendría; pero fue intrépido en su obediencia, y