c 1 Samuel 1:5-9
Puesto que vivía tan sólo a 19 km del tabernáculo de Silo, era natural que Elcana, siendo levita, asistiera regularmente a las tres fiestas anuales (ver com. Exo. 23: 14-17; Lev. 23: 2), y especialmente a la primera y más importante la pascua a principios de la primavera del hemisferio norte. Esa fiesta que simbolizaba la liberación de los israelitas de Egipto, también les hacía pensar anticipadamente en el gran Cordero pascual simbolizado Jesús, quien por medio de su sacrificio proporcionó el medio para redimir al hombre de la esclavitud espiritual (1 Cor. 5: 7). Aunque no se exigían sus servicios en el santuario, como muchos otros levitas durante el período de los jueces (Juec. 17: 8, 9), Elcana subía como un israelita común con sus sacrificios propios para animar a sus vecinos y para darles un buen ejemplo. Aunque vivía rodeado de un mal ambiente, es claro que mantenía en alto su espiritualidad. Aunque Ofni y Finees eran corruptos, Elcana era fiel en su culto y en ofrecer sus sacrificios. Así sucedió también en el caso de Ana y Simeón en los días de Cristo (Luc. 2: 25-38). Lo mismo debiera suceder en los tiempos modernos. Nuestra lealtad a Cristo no debe depender de las obras de otros.
Hijos de Elí.
El nepotismo- favoritismo con los parientes, concediéndoles cargos ya se encontraba, en este tiempo, firmemente arraigado en Israel. Mientras los levitas esparcidos en las diferentes tribus hacían frente a la amenaza de la falta de empleo, tres miembros de la familia de Elí -el padre y dos hijos- consiguieron su manera de vivir, sin tomar en cuenta que dos de ellos no estaban moralmente calificados para el cargo. Tal aberración injusta es un factor que siempre contribuye al descontento y a la revolución.
5.
Una parte escogida.
Literalmente, "una porción de dos caras". Elcana hacía todo lo que podía en aras de la unidad, dando una "parte" a cada miembro de su familia. Para mostrar públicamente que no deseaba que Ana fuera estéril, le daba una parte doble como si hubiera tenido un hijo (ver PP 615).
6.
La irritaba.
El proceder de Penina se debía, en parte, a la bien intencionada generosidad de Elcana. Así como sucedió con Satanás en el cielo, los celos debidos a las atenciones brindadas a otro -ya sea en el hogar o en otra parte- crean una malignidad burlona y exasperante que se manifiesta a cada paso en expresiones de ridículo. Tales mofas no sólo le quitaban el apetito a Ana, sino que también hacían que se abstuviera de participar de la fiesta. ¿Era porque se sentía indigna, como Aarón después de la muerte de sus hijos Nadab y Abiú? (Lev. 10: 19).
¿No necesitaba acaso todavía más las bendiciones espirituales de la fiesta en tales circunstancias? También podría hacerse la pregunta: ¿Cuánto de la bendición de la fiesta había recibido Penina puesto que se tomaba la libertad de mofarse de su compañera? Una situación tal era comparable a la que mencionó Cristo en el relato del fariseo y el publicano (Luc. 18: 10-14). Sin embargo, al igual que el publicano, Ana no pagaba con la misma moneda, sino que ocultaba su amargura y lloraba en silencio.