poseído por el demonio de la parábola de Cristo (Luc. 11: 24-26), en que "el postrer estado" de un alma tal es "peor que el primero".
c 1 Samuel 16:17-21
17.
Buscadme.
No debía pasarse por alto 532 ningún medio que ofreciera esperanza de alivio del espíritu malo que atormentaba a Saúl.
18.
Hijo de Isaí.
Indudablemente la reputación de David como músico y hombre de valor, sano juicio y prudente ya se había cimentado antes de que apareciera en la corte y de que venciera a Goliat. Probablemente David era un joven que se aproximaba a la virilidad, pues poco después, en ocasión de su encuentro con Goliat, se lo describe como un "muchacho", Heb. ná'ar (cap. 17: 58) y como un "joven", Heb. 'élem (vers. 56).
Jehová está con él.
Aunque no se había divulgado la novedad de que David había sido ungido como rey, nada podía ocultar el hecho de que el Espíritu Santo -que se había posesionado de su vida de un modo especial desde su ungimiento (ver com. vers. 13)- estaba preparándolo debidamente para las importantes tareas venideras.
20.
Un asno.
El regalo de Isaí tenía el propósito de expresar buena voluntad respecto al deseo del rey de que David sirviera en la corte. No mandar un regalo seguramente se hubiera interpretado como una expresión de mala voluntad y, por lo tanto, habría perjudicado el éxito de David en la corte.
21.
Estuvo delante de él.
Esta afirmación no se refiere a la presencia de David delante de Saúl, sino al hecho de que David "se quedó a su servicio" (BJ; ver Gén. 41: 46; Dan. 1: 19). Debido a la providencia de Dios, David fue colocado en una posición en la que podía relacionarse con los dirigentes de la nación -que así podrían apreciar sus talentos- y con los asuntos de gobierno. Quizá se permitió que Saúl permaneciera en el trono hasta que las semillas del mal produjeran en su vida una cosecha inevitable, y hasta que se completara la preparación preliminar de David.
Le amó mucho.
Aun Saúl llegó a honrar y respetar la personalidad naturalmente atrayente de David, y estimó en él las cualidades implantadas por el Espíritu Santo. Saúl reconoció la evidente superioridad de ese joven promisorio, admitiendo tácitamente la sabiduría de la elección de Dios de un sucesor para el trono.